Latouche, le pionnier, le maître à penser de la décroissance…

 

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La doctrina capitalista.

El hombre se pone sus propias trampas, para caer en ellas unos pasos después o unos años después o hasta siglos después. Cava un hoyo que se agranda y la gente resbala fácilmente en él. A este hoyo le echan agua para así aparentar una piscina y que los ingenuos se lancen al agua por si mismos, y ya sea que se queden ahí hasta darse cuenta de que el agua está contaminada de químicos que te carcomen la piel o, en el peor de los casos, ayudan a cavar mas honda la ¨alberca¨.

La alberca es el abismo que representa el híper consumo, un hoyo profundo y negro disfrazado de agua templada y hermosa.

Para lograr que el ser humano naturalmente pensante caiga tan fácilmente en esa trampa, hay que adoctrinarlo a lo largo de toda su vida desde la edad joven. Y darle instrucciones a cada instante de lo que debe hacer,comprar y tener para ser feliz.

Hoy a los niños se les inyecta un virus para prepararlos al mundo, para que sean gente eficiente, productiva e ingenua y para que nunca representen una amenaza para la Megamáquina Infernal. Se les extirpa la ultra visión. Sí, eso con lo que puedes ver más allá de lo que te dicen, de lo que muestran, de lo que te venden, lo que está fuera del cuadro. Que te permite analizar cada molécula de la materia, saber de donde viene, su propósito. Luego se les enseña a obedecer y se les inyecta la terrible doctrina de la supuesta felicidad:

-No te quejarás:  trabajarás, trabajarás, trabajarás y recibirás un salario apenas suficiente para lo más básico e indispensable, mientras tus superiores a quienes tratarás como tal y que ellos te tratarán como una maquina desechable, ganarán 10 veces más por trabajar 20 veces menos.

– Consumirás: inconsciente, desmesurada e inmensamente para sostener el sistema, por que esa es tu función, tu propósito y tu meta,

-Creerás: las pancartas publicitarias, la televisión, la radio que te indicarán el camino a la supuesta felicidad y te hipnotizarán haciéndote creer que no puedes vivir sin una pantalla táctil o que tal y tal producto te harán bello por dentro y por fuera.

-Venerarás a las transnacionales multimillonarias  que te hurtan ofreciéndote el nuevo Iphone 5 que te cambiará la vida, o el café artificial de Starbucks que sabe peor que uno local.

-amarás: al tecno sistema económico mundial, mega máquina infernal que tritura las riquezas de la Tierra.

-adorarás: tus posesiones por que ellas te harán feliz y te ayudarán a olvidar el mundo real, las comunicaciones con la gente y con la naturaleza.

-aceptarás: Serás indiferente a las desigualdades sociales. Aceptarás que unos se tienen que sacrificar y vivir como puedan para que otros encuentren la felicidad absoluta gracias a la posesión de todos los bienes fuertemente recomendados  e inútiles que podran renovar cada que puedan.

-olvidarás: lo que REALMENTE es la felicidad y el buen vivir.

Esa doctrina de la que se alimenta la gente, es terrorista, destructora e inhumana. Es la que está haciendo de nuestro mundo una maquina humeante. La que condenará a nuestros hijos a nunca ver las estrellas ni el campo, por que ya no existirán. La qué nos está dejando sin aire.

El hombre, por su propio interés egoísta ha decidido olvidar las leyes más básicas de la existencia, como ¨ todo lo que sube tiene que bajar¨ y ¨nada es infinito¨.

El decrecimiento es el antídoto a ese virus que nos extenúa. Es restablecer las bases de la humanidad, los valores enterrados. Es rechazar la doctrina estimulada por el sistema y escoger la sencillez voluntaria, anteponer las relaciones humanas a las relaciones materiales, el ocio al trabajo, la salud a la riqueza.

El decrecimiento no es rechazar rotundamente todo tipo de progreso, como muchos creen, es simplemente poner los pies en la tierra, recordar que no vivimos en ese fantástico mundo de crecimiento infinito que nos muestran sino en un lugar donde los recursos naturales se agotan, donde la electricidad calienta la esfera en la que vivimos, donde los hombres mueren de hambre. Es el intento de volver el mundo vivible, real, natural, feliz y no solo sobrevivible, inhumano, material y falso. Es dejar el egoísmo para vivir en una simplicidad feliz…

Sofía.

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L’homme se tend  ses propres pièges, pour  y tomber quelques instants, quelques années ou quelques siècles plus tard. Il creuse un trou qui n’a de cesse de s’agrandir, et dans lequel les gens peuvent sombrer si facilement. A ce trou, l’homme y ajoute de l’eau afin que les ingénus de ce monde le prennent pour une piscine et s’y jettent aveuglément. Ils y restent alors jusqu’à ce qu’ils s’apercoivent  que l’eau est remplie de produits toxiques qui te dévorent la peau ou, dans le pire des cas aident à creuser plus profondément la « piscine ».La piscine est cet abîme représentant l’hyper consommation, un gouffre noir et profond masqué par une eau belle et sereine.

Pour parvenir à ce que l’ être humain, naturellement pensant tombe si facilement dans ce piège, il faut l’endoctriner durant toute son existence, et ce, depuis son plus jeune âge. Il faut lui expliquer chaque instant ce qu’il doit faire, acheter et avoir pour être heureux.

De nos jours, on injecte aux enfants un virus pour les préparer au monde, pour qu’ils deviennent des personnes efficaces, productives et ingénues, mais aussi pour éviter qu’ils puissent un jour représenter une menace contre l’ Infernale Mégamachine. On tente alors de les rendre aveugles, de leur ôter cette « ultra vision » qui permet de voir plus loin que ce que l’on te dit, ce que l’on te montre, ce que l’on te vend, ce qui est en dehors du cadre. Cette « ultra vision » encore, qui te permet d’analyser chaque molécule de la matière, savoir d’où elle vient et quel est son objectif.

On leur enseigne ensuite à obéir puis on leur injecte le poison, la terrible doctrine, la fausse recette du bonheur.

-Tu ne te plaindras point : tu travailleras, travailleras, travailleras, et percevras un salaire à peine suffisant pour ce qu’il y a de plus basique et indispensable, tandis que tes supérieurs que tu traiteras comme tels, eux te traiteront comme une machine jetable gagneront 10 fois plus en travaillant 10 fois moins.

-Tu consommeras : inconsciemment, démesurément et immensément pour entretenir le système, car cela est ton dessein.

-Tu croiras : les pancartes publicitaires, la télévision, la radio qui te mèneront jusqu’à ce soi-disant bonheur, et t’hypnotiseront, que tu ne peux vivre sans un écran tactile ou sans tel ou tel produit te rendant beau à l’extérieur comme à l’intérieur.

-Tu vénèreras les transnationales multimillionnaires qui te spolient en t’offrant le nouvel I phone 5 qui te changera la vie ou le café artificiel Starbucks , bien moins savoureux qu’un café local.

-Tu aimeras : le techno système économico mondial, infernale méga machine qui anéantit les richesses de la terre.

-Tu adoreras : ce que tu possèdes, car cela te rend heureux et te fait oublier le monde réel, te déconnecte des humains et de la nature.

-Tu  accepteras : tu seras indifférent face aux inégalités sociales pour permettre à d’autres de se vautrer dans le luxe, amasser des choses inutiles et obsolètes. Tu accepteras que certains doivent se sacrifier et vivre comme ils peuvent.

-Tu oublieras : ce qu’est le vrai bonheur dans une existence heureuse.

Cette doctrine qui nourrit les gens est terroriste, destructrice et inhumaine. C’est elle qui fait de notre monde une épouvantable et gigantesque machine fumante, qui condamne nos enfants à ne jamais voir les étoiles, ni la campagne, car elles n’existeront plus. Cette doctrine nous suffoque.

L’homme, cherchant à satisfaire son propre intérêt a égoïstement décidé d’oublier les lois les plus basiques de l’existence telles que « tout ce qui monte doit descendre » et « rien n’est infini ».

La décroissance est l’antidote permettant d’éradiquer ce virus qui nous exténue. C’est rétablir les bases de l’humanité, les valeurs enterrées. C’est refuser cette doctrine stimulée par le système et opter pour la simplicité volontaire. Faire primer les rapports humains et non le matériel, la rêverie et non le travail, la santé et non la richesse.

La décroissance ne consiste pas à systématiquement rejeter tout type de progrès, c’est simplement conserver les pieds sur terre, garder en mémoire que nous ne vivons pas dans ce fantastique univers de croissance infinie. La décroissance nous rappelle que les ressources naturelles s’épuisent que l’électricité chauffe la sphère sur laquelle nous vivons, que des hommes meurent encore de faim. C’est la tentative d’un retour vers un monde plus vivable, réel, naturel, heureux, et pas seulement inhumain, matériel et illusoire, dans lequel on survit à peine. C’est abandonner l’égoïsme pour adopter la sobriété heureuse…

Sofía.

Elogio de la pereza

Elogio de la pereza

La verdadera humanización de nuestras sociedades está en el ocio, en la vacación, en la disposición libre de nuestro tiempo para ocuparlo en lo que deseemos

En 1932, en su ensayo Elogio de la ociosidad, Bertrand Russell planteaba una situación alegórica. Supongamos —decía— que un cierto número de trabajadores fabrican al día, en una jornada de ocho horas, todos los alfileres que necesita el mundo. Supongamos a continuación que alguien inventa un artilugio que permite fabricar el doble de alfileres con el mismo esfuerzo. “En un mundo sensato”, decía Russell, “todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes”: el empresario seguiría teniendo el mismo beneficio y los alfileres costarían lo mismo. En el mundo real, sin embargo, ya sabemos lo que ocurre: se despide a la mitad de trabajadores y se multiplica el beneficio.

Russell no era economista, y en su planteamiento había una falacia transparente. En primer lugar porque nunca es posible determinar cuántos alfileres o cuántas unidades de cualquier producto necesita el mundo: suele ocurrir que, al mejorar los métodos de fabricación y abaratarse la mercancía, se encuentran nuevos usos y se multiplica la demanda. Y en segundo lugar porque la economía es una arquitectura terriblemente movediza que va desplazando siempre sus engranajes: los trabajadores sobrantes en la industria de los alfileres podrían emplearse en una industria derivada (la de los alfileres de corbata, por ejemplo), en una industria nueva (la del automóvil estaba en pleno florecimiento en la época en la que Russell escribía) o en otra actividad económica diferente a la industrial.

Lo que ocurrió durante décadas en las economías capitalistas, de este modo, fue que los avances tecnológicos, además de incrementar los beneficios empresariales mediante la mejora de la productividad, posibilitaron la prosperidad de amplias capas sociales. Los profesionales y los obreros siguieron trabajando ocho horas diarias, como en 1932, pero pasaron de recibir salarios de subsistencia a mejorar poco a poco sus condiciones laborales: accedieron a viviendas cada vez más dignas, compraron automóviles y renovaron su vestuario cada temporada. Fue la era de gestación de las famosas clases medias.

Ya no se habla de la civilización del ocio, sino de la cultura del esfuerzo

Pero todo ese rumbo idílico tenía que tener un límite. En un mundo en el que las máquinas pudiesen hacer todo el trabajo —cosa que hoy en día está más cerca de la realidad que de la ciencia-ficción—, cabría preguntarse de qué se ocuparían los seres humanos. Si todos los alfileres y todos los coches y todos los frigoríficos fueran fabricados apretando un botón, ¿qué harían los hombres y las mujeres? Algunos podrían ejercer como profesores, médicos o cineastas —dando por supuesto que la inteligencia artificial nunca alcanzara a la humana—, pero su número sería inexcusablemente corto. En un mundo así, el análisis de Bertrand Russell dejaría de ser una falacia: la inmensa mayoría de los bienes y servicios se producirían sin necesidad de asalariados, convirtiendo la economía, como dice Zygmunt Bauman, en una gran máquina de fabricar “desperdicios humanos” que no tienen ningún papel útil que desempeñar y ninguna oportunidad de ganarse la vida.

Este es el paisaje social que se presintió en los años 90, cuando comenzó a hablarse del reparto del trabajo y de la civilización del ocio. Se nos anunció el advenimiento de la felicidad: la revolución tecnológica copernicana que se estaba produciendo permitiría que los seres humanos dejarán por fin de ganarse el pan con el sudor de su frente y se dedicaran a su familia, a sus aficiones y a sus placeres.

Qué lejanos e irreales nos parecen ahora aquellos tiempos. Hoy se nos pide que trabajemos más horas —por menos dinero—, que agrupemos las fiestas para no distraernos, que nos jubilemos más tarde e incluso que no nos enfermemos si queremos cobrar nuestro salario. Ya no se habla de la civilización del ocio, sino de la cultura del esfuerzo. Como si hubiéramos mordido la manzana de algún árbol prohibido, hemos sido expulsados de un paraíso que ni siquiera llegamos a conocer.

Visto con frialdad, sin embargo, todo parece un gran disparate: en los países desarrollados, las rentas del trabajo —es decir, la suma de todos los salarios que perciben los ciudadanos— tienen cada vez menos peso en la riqueza nacional, lo que significa que se va engrosando crecientemente el número de eso que Bauman llama “consumidores defectuosos”, personas que no tienen dinero para gastar y que no contribuyen por lo tanto al funcionamiento de la economía. Las rentas del capital, por el contrario, son cada vez más grandes, pero como es imposible emplearlas en inversiones productivas, puesto que no hay ya compradores suficientes, se emplean en alimentar bolsas especulativas. Es decir, si todo siguiera así, acabaríamos teniendo un gran productor de alfileres que no necesitaría a nadie para fabricarlos pero que, por la misma razón, no encontraría a nadie que pudiera comprarlos. De este modo se cumplirían, en una versión postmoderna, las predicciones de Marx y Rosa Luxemburgo acerca de la lógica autodestructiva del capitalismo.

Trabajar es un castigo divino, una maldición que empobrece la mayoría de las vidas

La única respuesta sensata a este panorama desolador es la pereza. El enaltecimiento social de la ociosidad y la holgazanería. Es posible que para competir hoy con China o con India tengamos que trabajar más, pero si es así es porque antes se hicieron las cosas mal, porque se abrieron las compuertas de la globalización torcidamente, no porque haya sido inexorable. Vivimos en sociedades ya lo suficientemente ricas y tecnificadas como para que pueda considerarse con seriedad el establecimiento de una renta básica universal, un salario que se cobre simplemente por ser ciudadano del país. Los suizos —que no son extraterrestres ni leninistas— acaban de tomarlo en consideración. Nos convertiríamos así en rentistas de la herencia de nuestros antepasados, y nos podríamos dedicar, como los aristócratas de antes, al diletantismo. Por supuesto, quien quisiera trabajar ganaría más dinero, podría comprarse coches de lujo y tener casas más grandes. Pero lo haría por propia elección, no por fatalidad.

Es falso que el trabajo dignifique. Trabajar —es la parte que más me gusta de la Biblia— es un castigo divino, una maldición que empobrece la mayoría de las vidas. Incluso las tareas más nobles, como la creación artística, se convierten en algo desagradable cuando se hacen a cambio de un salario. La verdadera humanización de nuestras sociedades está en el ocio, en la vacación, en la disposición libre de nuestro tiempo para ocuparlo en lo que deseemos, sea hacer transacciones financieras delante de un ordenador o leer un libro debajo de un árbol.

Ése debería ser a mi juicio el derrotero ideológico de la izquierda europea, como quería Paul Lafargue: el elogio de la pereza. Impedir la competencia con países donde rige el esclavismo laboral, atajar la economía especulativa y propiciar la distribución racional del trabajo. Pero para ello, antes que nada, hay que reconquistar la senda de la cohesión social, porque no es que no haya dinero para pagar el bienestar, como se nos dice cada día, sino que ese dinero está mal repartido. Tony Judt recordaba que en 1968 el director ejecutivo de una compañía como General Motors ganaba sesenta y seis veces más que un trabajador medio de esa empresa, mientras que en nuestros días el director ejecutivo de una firma semejante gana novecientas veces más. Con estas cifras, las crisis serán perpetuas.

Luisgé Martín es escritor, su último libro publicado es La mujer de sombra.